El bucle melancólico: punto final

 

Croissy del Río – Capitán Haya con Sor Angela de la Cruz, Madrid. 1.288 kilómetros, dos días de viaje, un viaje de ida. Ya ha habido  una primera vez para todo: un final de vacaciones y una primera llegada a Francia; aquel frágil inicio del colegio, las Navidades, Semana Santa, escapadas cortas, el fin del curso, el inicio de las vacaciones en Francia, el primer viaje a España en coche. Mi familia se instalará en la playa y yo no haré los trayectos en tren desde Madrid sino en avión desde París. Vuelvo a coger la maleta este verano. El nuevo curso comenzará en el colegio de siempre… en París. Se cierra un ciclo y seguimos pasando las páginas.

 

Nuestros hijos salen los fines de semana y alguno se desmelena; el ambiente político es lamentable y se parece al de España. La selección española de fútbol vuelve a ser vulgar; caramba, se diría que todo ha vuelto a la normalidad. Las cosas que fueron nuevas ya no lo son, incorporadas a una bendita rutina que ya es nuestra: el RER sudoroso, el verano intermitente y tropical con barbacoas y tormentas que se alternan, el calor sincero de nuestros amigos expatriados, las noches de junio a doce o a veinte grados según le dé, y los pecaminosos precios de la comida. No voy a seguir contando historias de los franceses: como diría Forges, “ellos son así”. Y nosotros asá. Nuestros gritos crujen sobre las hierbas secas de esa tierra calcinada que ahora mismo ya se va a poner a arder; sus palabras caen despacio, mullidas, sobre sus praderas esponjosas. Los españoles tenemos que hacernos entender a gritos cegados por  la solana; los franceses rumian su húmedo descontento untado en mantequilla, mientras flotan sobre su llanura interminable y verde.

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En definitiva, que hace un año (justamente ayer) que me instalé e nuestra casa con una silla, una mesa, un colchón, una nevera, un cazo, un vaso,cuatro platos, dos cubiertos y una vitrocerámica. Vinieron a instalar la televisión por cable y el cable lo dejaron colgando porque no había tele. Desde entonces hemos reído más que llorado (y lloramos), hemos tenido más alegrías que disgustos (y los hemos tenido), hemos disfrutado de Francia aunque no haya bares, y en el surco que dejaron otros hemos sembrado nuevas amistades. Es más: hasta mi andar se ha enderezado y camino ahora tieso como un pito, con la mirada bien alta. Claro que eso se debe a las gafas progresivas (ay: si bajo la vista al suelo lo veo todo borroso y me mareo).

 

Echamos de menos a tanta gente… a tantos amigos, hermanos, a esos niños que “hay que ver cómo han crecido” cuando te los encuentras, a nuestras madres más viejas, a nuestro padre (que es de los dos) que sufre de su rodilla, al papá que se me fue y a veces me visita…Al que más, a nuestro hijo que se quedó allí y resultó ser un valiente… Siento, además, que algunos de mis amigos de allá se me están yendo poco a poco, que su huella queda pero su perfume se va difuminando entre los nenúfares de Monet. Quizás sea lo que tiene que ser, quizá sea así como debe ocurrir. No me puedo rebelar pero no me agrada. De todas formas ya forman parte de nuestras vidas, que fluyen sin parar en un meandro interminable y hermoso, pleno, llenándose de riqueza con cada persona, con cada experiencia, con cada paisaje. Los meandros nos llevarán de vuelta a esa otra casa, aunque de momento solo sea de paso.

Inmigrantes españoles se disponen a abandonar el país con destino al extranjero

No sé cómo acabará nuestra aventura (si vuelve a ponerse animada, será el momento de volver a coger el lápiz), pero lo de hoy, lo nuestro, ya no es sino un viaje permanente y maravilloso que ojalá hubiera vivido antes. Nada más que contar. Todo por vivir. Muchas gracias por haberme seguido. Piensen en esos cientos de miles, más bien algunos millones de españoles que salieron hace tanto tiempo, y en los que salen ahora en condiciones más duras que las mías. Con todo mi respeto por los segundos, aquellos sí que llevaron la maleta a rastras. Para ellos, algunos de cuyos hijos ya he tenido oportunidad de conocer aquí, toda mi admiración.

Hasta pronto

 

 

 

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Las danzas de la República

Una primavera rotunda llegó hace semanas a Croissy del Río, aquí, en nuestras protectoras riberas del Sena. Las mansiones de la lujosa y gerontocrática ciudad vecina (Le Vésinet se llama) abren de par en par sus cristaleras y de ellas emergen jovencitos despreocupados con los jerseys sobre los hombros, que tras la barbacoa se sientan alrededor de una hoguera sofisticada, justamente aquí, en el lugar de la foto que adjunto.

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Es sorprendente que una fogata pueda también ser chic, pero así es si se hace en el barrio adecuado. “Oseatelojuro”‘ aparte (a saber cuál es el equivalente de esta expresión en francés), son dos las cosas que más me han llamado la atención del “printemps” de los barrios residenciales del oeste parisino. La primera es la omnipresencia de las glicinias, que descuelgan sus pámpanos con un ímpetu que debo calificar de lujurioso. El clima benigno de la zona (quiero decir que la primavera, ese periodo de temperaturas diurnas suaves que alterna días de lluvia con jornadas soleadas, existe aquí) facilita la explosión de los pámpanos de color lila, que se arraciman tras las rejas, escalan las fachadas y estrangulan los árboles. Escondido tras esa belleza delicada y fragante, el metabolismo de la planta se retuerce en troncos que son cada año más fuertes y terminan por destruir lo que engalanan. A cada paso que das por las calles de estos barrios, en invierno ateridas y desiertas, te encuentras con una delicuescente exhibición de poder vegetal.

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Para compensar, y como ha quedado dicho, los fines de semana de buen tiempo toca barbacoa. El precio de la carne está por las nubes, y como la carnicería de Orejanilla queda un poco lejos, hay que apañárselas con productos locales. Es aquí donde Francia hace alarde de su carácter multicultural, lanzando a los cuatros vientos el olor del merguez, una salchicha picante de carne de cordero y ternera, que los musulmanes han popularizado por aquí. El merguez (y la necesidad de echar algo a la brasa que no sea muy caro) hermana a los franceses, votantes del UMP, del Partido Socialista o del Frente Nacional; tras el humo del carbón, el aroma penetrante de las especias magrebíes, que los españoles conocemos bien (cuántos pinchitos morunos en las verbenas),invade los jardines y las traseras de las casas mezclándose con el perfume obsceno de las glicinias. Qué placer.

 

Hay otra cosa que los franceses de buena cepa, aunque no les haga tanta gracia, también trajeron de Africa, además de las salchichas con sabor a comino y el couscous de los domingos: los inmigrantes. Uno ocupa un continente durante ciento y pico años y luego pasa lo que pasa: que algunos nativos se te presentan un tiempo después diciendo qué hay de lo mío. Lamentablemente lo tuyo ya está todo invertido y bien invertido, en pujantes compañías cotizadas o en real estate patrimonio de la humanidad, como lo atestiguan los imponentes edificios del París hausmanniano. Se siente: si acaso podemos ofrecerles algunas migajas del festín y pueden ustedes trabajar de barrenderos, con derecho a alojamiento en uno de esos distritazos de la banlieu: Saint Denis, el 18ème…Y los domingos se pueden asar ustedes unos merguez en la terraza. Total, nadie va a decirles nada; y se me callen que si no, no cobran la renta social de integración. Como curiosidad, sepan que los votos del Frente Nacional no se concentran en las ciudades o barrios con más presencia inmigrante, sino justamente en los que menos población foránea tienen. Qué lío.

 

Esas dos Francias, que se encuentran y se huyen sin saber qué hacer una con la otra, se encontraron hace quince días, una nubosa tarde de sábado en la plaza de la Ópera. Por razones que no vienen al caso yo tenía una cita con mi señora y llegué por separado, con casi media hora de anticipación. Las calles colindantes y la propia escalinata del Palais Garnier estaban pobladas, en perfecta formación, por unos robocops antidisturbios con boina de la República que, como todos los antidisturbios del mundo, pueden ser bajitos o maduritos, pero tienen todos metro noventa de pecho y una pinta de mala leche que mejor no acercarse. No sabía yo muy bien de qué tenían intención de protegerme estos Batman-pretorianos con espinillera y chaleco antibalas marcando abdominales; mi condición de blanquito (de pelo negro y tal pero de la zona Schengen, oiga) me convierte automáticamente en defendido y no en agresor. Total, si yo nunca he roto un plato. 

No tardé en darme cuenta que unos cincuenta metros enfrente del fastuoso templo de la música, desde cuya cima Apolo blande la lira como si nos la fuese a tirar a la cabeza, un grupo de africanos (no se les ocurra decir otra cosa en la Francia políticamente correcta; y si no ya hablaremos de los roms) se manifestaba en protesta por la muerte de un compatriota, me imagino que a manos de las fuerzas del orden. Lamento no poder informarles más profusamente; solo recuerdo los colores de una bandera, que al ser consultados en internet, resultan ser los de Mali, Senegal, Ruanda, etc… , con o sin estrella, en diferentes disposiciones y orden. Vaya usted a saber por qué los padres de la patria de esas ex-colonias eligieron todos el mismo color. Pero ese daltonismo político y mi tardía reacción ante el asunto me presentan antes ustedes sin tener ni idea de qué narices iba exactamente la manifestación, de la que no he encontrado nada en la Red. Alguna cabecita blanca testimoniaba la solidaridad descarriada de algún francés.

 

Del otro lado de la calle (del mío) empiezan a llegar familias que se concentran a los pies de la escalinata. Mientras espero con el culo frío me voy fijando en las chaquetas chillonas de los señores y sus melenas millonarias, y los vestidos de lujo de las señoras, enfundadas todavía con gabardinas de Givenchy (un suponer). De repente la plaza se llena de familias burguesas de buena cuna (nada de burgueses bohemios, los bobos) y de niñas indefectiblemente bien vestidas con falda, pelo recogido en cola de caballo o moño, y zapatos planos con aire de bailarina. Sólo el acné y la presencia o no de gafas distinguen a unas jovencitas de otras. Se adhieren al acto abuelos ultrapijos con sus nietas, y finalmente un numeroso grupo que, con el mismo aspecto, parece haber quedado previamente en otro lugar y se presenta de golpe. Intrigado, deduzco que se proponen asistir a un espectáculo en la susodicha Opera Garnier: me horrorizo pensando en la crueldad de los padres y en la terrorífica docilidad de las chicas, así que me levanto crujiendo (que ya no está uno para las escalinatas de París) y me acerco, bordeando uno de esos gorilas azulados, al atrio de la entrada, donde veo el programa de hoy. En efecto, la escuela de danza de la Opera de París deleitará a los asistentes con piezas diversas entre cuyos autores solo reconozco a Bach. No me cabe duda de la calidad de esa escuela; sin duda la mejor de Francia, sin duda de las mejores del mundo. Un planazo, no obstante, pues no me parece.

 

El evento es  una especie de première para las niñas, que se entrenan así en su inmersión en la sociedad francesa que ama el arte, la belleza, que organiza espectáculos de alto nivel artístico para señoritas de misa de domingo, que es sofisticada… y que tiene mucho dinero. Las familias van entrando en el edificio, las niñas están contentas y animadas y se comportan con naturalidad; están excitadas por la muchachada, pero ellas se saben de este lado de la trinchera: los antidisturbios las protegen, a ellas y a nosotros, de todo lo malo que pueda pasar. Para eso pagan sus papás un montón de impuestos (y ahorran otro montón en productos fiscalmente opacos en Luxemburgo). Del otro lado, el negrito con megáfono deja de lanzar proclamas e invocar a nosequién; el tío era un petardo, y además incansable. De repente, de su equipo de sonido ya no salen gritos sino música; los manifestantes (no más de doscientos) dejan de agitar pancartas y se ponen a bailar. La protesta por la muerte de un compatriota termina en fiesta y de entre la masa empiezan a lucir los vestidos multicolores de las mujeres y las camisas indescriptibles de los hombres. No sé si la música es de Mali, Senegal o Camerún, pero es pegadiza y tiene un aire mestizo: los ritmos tribales se mezclan con los instrumentos que llevó Occidente y en la plaza se oye una música alegre que viene de más abajo del Sáhara.

 

No hay peligro: los africanos bailan, como siempre. Las niñas van entrando en la Opera con la mano de sus padres en el hombro, seguras de sí mismas. Los antidisturbios se hablan por las radios y comienzan ordenadamente a retirarse. Dentro, bailarinas con tutú y muchachones con mallas ofrecerán un espectáculo refinado y seguramente sublime. Las niñas, entusiasmadas, lo comentarán a la salida y también el lunes en clase. A los niños de color que acompañaron a sus padres se  los traga la boca del metro, y en la estación de Châtelet harán transbordo hacia sus distritos llenos de ruido, delincuencia y desempleo. Siempre les quedará la música.

 

Al fondo, entre la masa de turistas y el trasiego del metro, veo la figura inconfundible y delicada de mi chica, que acaba de llegar. Y sé que la encontraría entre un millón de gente. Ya saben ustedes por qué.

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Coup de blues

Hoy hace exactamente un año aterricé en París con la maleta a rastras, desorientado y dolorido. Recuerdo muchas cosas, pero especialmente la extraña sensación de dormir en un hotel sabiendo que no será algo transitorio y que tu casa ya no será más tu casa. Hoy he trabajado 13 horas con una pausa de treinta minutos para comer, y me he pasado el día navegando entre tiburones: esa especie de ejecutivos que tienen tres filas de dientes (los reponen indefinidamente hasta que los prejubilan), la mordida tremenda y un instinto asesino a flor de piel que les conduce a no soltar la presa hasta que la engullen entera, exaltados por el olor de la sangre. Unos escualos con corbata que marcan territorio con sus frases agudas y rápidas, su agilidad mental, ensoberbecidos por el poder que ostentan y en perpetuo equilibrio entre la ambición desmedida y la política versallesca (¿no es la misma cosa?)

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Por azar, exactamente hoy mi sobrino Alejandro viaja a Australia a terminar su formación. Aunque tarde siete horas en terminar esta entrada, él todavía estará volando. Va al encuentro de su futuro, a luchar por hacer realidad su destino. Aún no lo sabe, pero solo el hecho de intentarlo le convierte en alguien más valiente que mucha gente que he conocido, incluyéndome a mí mismo. Como muchos otros jóvenes ha elegido como opción abandonar su país: la biología marina, como tantas otras disciplinas, no parece tener mucho futuro en España. Y aunque yo no tuve otra opción y por lo tanto mi mérito es menor, al final vamos a acabar los dos viendo tiburones: él desde las playas tropicales y yo desde mi despacho. Silenciosos, voraces, mortales: cuidado con la mano, Alejandro. Cuando muerden te arrancan la mano o la dignidad.

 

He tenido ocasión de hablar brevemente con él por teléfono. Que me perdone, pero estaba un poco acojonado. Deja a su chica, a su madre, su familia, y se va buscar un trabajo que le permita costearse los estudios de perfeccionamiento del inglés, imprescindible para los estudios que quiere/debe finalizar allí, tan lejos. Pedirá un crédito de estudiante, lo pasará mal durante un tiempo, se sentirá solo. No tendrá los fines de semana, como yo, para estar con los suyos: solo el mar, su océano. Su casa. Va a buscarse la vida, como tantos. Persigue un sueño. Como se dice ahora, un viaje iniciático. Ahora que lo pienso, mi primera inmersión (sin jaula ni neopreno; pelado al cero) en la vida adulta fue el servicio militar. Vaya viaje iniciático de mierda. No había tiburones, sino en general bastante porquería y cosas desagradables. La España real, eso sí; en el fondo la experiencia ciudadana más democrática que he vivido (aunque no se la recomiendo a nadie). Los tiempos han cambiado, ahora la mierda ha llegado al océano y allá se va mi sobrino para arreglarlo. De momento no nos deja comer salmón, gambas, atún y no sé qué más. Me disculparás hermoso, pero después de currar durante trece horas mi cuota de alienación diaria me da derecho a consumir un poco de pescado de granja. Estar embrutecido por el sistema es lo que tiene. Tú no lo estés nunca. 

El caso es que Alejandro se va y nos deja a todos acongojados. El sobrino, el nieto, el hijo mayor. El chiquitín que durante varios años estuvo solo, de brazo en brazo, de mimo en mimo, hasta que llegó el segundo. El que cantó “cacao maravillao” en  mi boda. El adolescente algo peñazo al que le gustaban las bromas pesadas. El joven que se fue a estudiar a La Laguna, a mis queridas Islas Canarias, y las hizo suyas. El chaval estupendo que es hoy. Todos tenemos hoy en la familia lo que aquí se llama, en expresión afortunada de un portavoz del Palacio del Elíseo (ese antro) un “coup de blues”. Un ataque de tristeza. Otro español que se tiene que ir a buscarse los garbanzos. Uno de los nuestros. Hala. Buena suerte.

Nuestra congoja es compartida, por razones diferentes, como podrán imaginar los lectores, por la primera dama (ad interim) de Francia, Valérie Trierweiler (por el nombre de pila sé que es una mujer; por lo demás tiene nombre de perro de presa). La buena mujer tiene un “coup de blues”. Todo porque su marido se ha ido de incógnito en moto a ver a una amante, en un piso que es propiedad casualmente de la mafia corsa. Casualmente también una revista del corazón había alquilado el apartamento de enfrente sin que los servicios de seguridad franceses se hayan enterado. Como se pone la señora sólo porque su novio/copain/cohabitante en pecado es el Presidente de Francia (lui, le Président) aunque no lo parece. Como ya dije en su día la fisonomía de los franceses es tan refinada, tan “chic”, que un charcutero puede pasarse, con el debido “attrezzo” como ministro de Asuntos Exteriores. Por su parte, Monsieur Hollande tiene aspecto de mozo de botica. De Pharmacie. Mozo de Pharmacie motero. Bueno, iba de paquete. El caballerete ha colado hoy una comparecencia de tres horas ante la prensa (esto es Francia, recuerden; todavía hay clases) en la que ha venido a decir, por decirlo corto, que se raja de todo lo que dijo y que más o menos la Merkel tenía razón, así que franceses a apechugarse que pintan bastos. Todo ello aderezado de ofuscadas alusiones a su intimidad como persona y motero, prometiendo eso sí que aclarará su situación personal. Yo me quedo muy intranquilo. ¿Se tendrán que ir los franceses a Australia? Ahora que había encontrado un lugar decente para educar a dos de mis hijos?, ¿acabarán de fregaplatos con dos master en Suttgart? Y sobre todo ¿se ha dejado las llaves del maletín nuclear en la cómoda del piso de los corsos? Ay madre. Cómo no va a tener la señora Rotweiller, digo Trierweiller un ataque de “coup de blues”. El caso es que en Francia, como era de esperar en una sociedad más culta y preparada que la nuestra, solo se habla… del lío de faldas.

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Por lo que sé, en España, concretamente en Burgos, ha habido también un brote de “coup de blues”. A los vecinos del barrio del Gamonal se les han puesto los blues como dos macetas cuando se han enterado de que les iban a hacer un parking de a 19.000 euros la plaza de garaje. Justo lo que cuesta reparar las grietas de la guardería municipal del barrio, que va a cerrar por falta de fondos. Los Gamonenses  (“gamonianos” para los trekkies) han reaccionado al coup de blues ese quemando papeleras y enfrentándose a la policía municipal a pecho descubierto. Mira tú por dónde va resultar que Burgos, la quintaesencia de la España una, grande y libre, va a empezar el tinglado. Brilla tizona, de fino acero. Porque el “coup de blues” está haciendo metástasis, me parece a mí, y está inflamando las glándulas de los españoles. Empezamos con un poco de melancolía y acabamos a hostias. Los españoles somos así.

 

Dirán ustedes que qué tiene que ver una cosa con la otra. Piénsenlo bien: todo. No sé si Australia es la tierra de las oportunidades o es que como no hay casi habitantes hay curro para todos, pero casi me dan ganas de decirte que no te vuelvas, Alejandro.

 

 

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Zapatos nuevos

Estas Navidades me han traído unos zapatos nuevos. Lustrosos y bonitos, pero demasiado duros por la falta de uso. Al final me he hecho una herida en el pie y debo andar con mucho cuidado para no lastimarme.

Las primeras vacaciones en España desde que la familia se instaló en París han sido algo parecido. Hermosas, pero nos han lastimado. Intensas, pero duras. Nos han dejado herida y ahora estamos echándonos betadine. Como las casualidades no existen, ayer (día de Reyes) puse en marcha el reproductor de música del móvil en mi camino de vuelta a casa. “Mi tierra” de Gloria Estefan; “Here comes the sun” de Georges Harrison (pero qué sol) y “Pongamos que hablo de Madrid” de ya saben quién. Demasiado para el cuerpo de un servidor. Yo, que además de haberme ido estaba a punto de hacerme…

Y por fin, las ganas de contar algo, lo que sea, han estallado. Han vuelto después de cuatro largos meses de vivencias que no podría resumir después de este silencio, y que por lo tanto debo guardar para mí. Los franceses, sus instituciones (el sistema educativo, la Seguridad Social y las compañías de seguros, los fontaneros y los electricistas; me falta la improbable policía y el fisco, inexorable), sus costumbres, sus caballos, su viento, su calor,su frío, sus atascos, sus cines sin numerar, su televisión, sus supermercados. Sus academias de idiomas y sus colegios, sus asociaciones de padres, sus políticos innombrables, sus vecinos; todo nos ha caído encima, una novedad detrás de otra, sepultando el sentimentalismo a flor de piel de mi pequeño universo bloguero bajo la urgencia de la inundación de la cocina o del pinchazo de una rueda. Mis energías han estado en otro sitio, y con quien tenían que estar. Me prometí intentar estar a la altura; me desapruebo con cierta indulgencia.

Luego llegó la rutina, el cansancio del trabajo, la vida organizada en otro idioma y en otro mundo, pero igualmente acogedora y plana. Nada que contar, nada que decir, nada que sentir. ¿Un peldaño más recorrido? ¿Un paso más? ¿Hacia dónde entonces? ¿Hacia el supermercado de enfrente? ¿Misión cumplida? Cielos, qué nudo en la garganta. Next destination?

No hay next destination. Solo hay mañana por la mañana. Y volver a casa después de la oficina. Estar con tu familia. Reírte. Llorar. Disfrutar de ese regalo de la naturaleza que es nuestra perra Lara: un frasco concentrado de perfume canino lleno de amor y cariño perruno, cariño del bueno. Aguantar a tu jefe, trabajar. He estado perdido y enfadado. Ahora estoy cansado pero contento. No puedo cambiar el mundo, este mundo de mierda que dejamos a nuestros hijos. Pero puedo ayudarles a elegir y a que busquen su felicidad. Equivocándome, eso seguro, pero con cariño perruno. En cuanto a mí, tengo que seguir buscando. Aunque ya me parecen bien algunas de las cosas que he encontrado

El faro de la torre Eiffel proyecta su haz giratorio a varios kilómetros de distancia. Todas las noches, desde Croissy del Río, lo veo reflejarse en las nubes mientras saco a pasear a la perra. Me resulta confortable y sorprendentemente cálido. Su destello rápido y puntual cada, más o menos, cincuenta segundos, me recuerda dónde estoy. Lejos de casa. Lejos de la sequía moral, intelectual y anímica en la que se ha sumido mi país. Seco como la estopa. El aterrizaje es duro en ese (sí, ese) país de cabras. Los cabreros hablan a grito pelado y se lamentan en las tabernas posmodernas de su suerte, de sus gobernantes, con la cabeza baja y la hiel en los labios. Deambulan con las manos en los bolsillos por los centros comerciales, esperando que algún día podrán sacarlas de nuevo llenas de dinero para seguir haciendo lo que hacían antes. Muchos dicen que ya nada volverá a ser como era. Quizás lo peor sería que volviera a ser como antaño. Un ignorante pobre puede revolverse. Un ignorante rico no tiene necesidad. Y nosotros aquí, en Francia, ajenos al derrumbe que también  puede producirse. El país de los quesos y la mantequilla pierde comba. Y aunque (¿quién sabe?) quizás todo vuelva a ser como antes, los franceses tendrán que encontrarse en su laberinto algún día. Eso es inevitable. No sé si me pillará lejos o cerca. A mí plim.

Pero el despegue, ay, es más duro. Dejas a tus muertos, a tus vivos, a los niños que verás más crecidos y a los viejos más viejos. Dejas su cariño y su amor guardado en el bolsillo, su voz tras las teclas del teléfono y sus nostalgias en un armario. Ellos tragan saliva y se van a la cama pensando en ti sin decir nada, cargando con una pena anciana y muda.  Crujen las estrías del alma cuando, quieras o no, dices adiós aunque solo sea por unas semanas (como es mí caso). Porque nosotros también somos cabreros. Universitarios pero cabreros. Y ya se sabe que la cabra tira al monte.

Los pocos blogs que leo arrancan el año con buenas intenciones y mensajes de ilusión. Es vulgar sumarme a esos deseos, pero sería aún más snob no hacerlo. Estoy un poco oxidado pero iremos cogiendo ritmo, ¿no? Es bueno saber que alguien al otro lado de la línea ADSL se va a alegrar de encontrarme. Pues bien hallados y feliz Año, o como se dice aquí apretando mucho la boca: “meilleurs voeux”

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Gran Cañón

CSC_0173El domingo vi la luna de agosto desde la ventana del baño de Croissy-sur-Seine; la había olvidado por completo y no tenía la menor idea de que la contemplaría aquí. No podía dormir, aquejado de jet lag. Tenía la sensación de que, además, estar despierto me mantendría  aún dentro de las vacaciones, del largo viaje en avión desde Estados Unidos. No quería cortar, con el sueño, esa vigilia que estaba construyendo una continuidad temporal: hace unas horas en Arizona, luego en Madrid, finalmente en París, aún de viaje. Al dormir cortaría ese hilo y ya no estaría con mi familia. De nuevo estaría en el país de los quesos, tras un paréntesis tan intenso que yo no quería cerrar para volver a mi realidad de Croissy del Río.

Las vacaciones son siempre (o casi siempre) un refresco para la mente. Y los Estados Unidos suponen una experiencia para los europeos,  aún más la zona que hemos visitado:  el mítico sudoeste de paisajes asombrosos que soñé ver en la infancia, de idioma incomprensible que se parece al inglés y de gentes extrañas, nórdicos ajados por el sol del desierto y que conducen coches enormes. Es la forma más evolucionada de Occidente que ha llegado a su última frontera y que nosotros, piezas de museo que vivimos en países diminutos llenos de catedrales, ya no alcanzamos a comprender. Una semana en un planeta vagamente desconocido con mi familia: toda una prueba para mí, que no había convivido con ellos desde enero, más que los fines de semana.

Como en las películas, fui arrebatado de golpe por los indios parisinos y cuando me han devuelto, ha habido que comprobar si ya me había vuelto un salvaje, huraño y acostumbrado a la soledad. Las discusiones de fin de semana no son las mismas que las de la convivencia continuada. Mis hijos y yo estábamos a prueba. El resultado es mejorable pero no malo. Algunos puentes se han roto y es bueno que así sea. Mi hijo mayor se va a independizar (muy a su pesar) y ya no hay vuelta atrás. Es momento de miedo, de tensiones disimuladas con la altanería de la adolescencia. De choque. La semana que viene un pájaro vuelva del nido. A gastos pagados, eso sí.

Para los demás, también lo bueno empieza realmente ahora. Quedan atrás los fines de semana de peregrinaje, los apartahoteles, el masajista diplomático, la Defense, el descubrimiento de una ciudad y unas costumbres, mi ensimismamiento; la batalla diaria, solitaria, de mi mujer con tres hijos catalizados por la testosterona y la adolescencia, y el infructuoso apoyo telefónico por mi parte. El muro desconocido, altísimo a medida que se acercan a él, se presenta como el último obstáculo para los demás miembros de la familia, que este lunes cerrarán conmigo este tedioso y agitado período de espera. Madrid ya no es tampoco su hogar: nuestra casa está alquilada y ya no es por lo tanto un refugio. Estamos de prestado. No puedo dejar de decirles que soy consciente de lo duro que será y que espero estar a la altura para ayudarles.

Estos meses, y este último viaje al planeta USA me han alejado de España, a la que veo con desapego  (aunque he recobrado el interés informativo por lo que pasa) y tristeza. A pesar de ser consciente de ser vivamente español (sin yo quererlo, y si se puede saber lo que sea eso: quizás un apego del alma, un aferrarse a lugares, personas y recuerdos; una historia arrastrada e incorporada sin darnos cuenta) no echo de menos nada; solo a mi familia y a mis amigos. Esa es mi España y no el país de pandereta en el que se ha convertido gracias a la ineptitud de unos pocos y la negligencia de todos sus ciudadanos, yo incluido, por supuesto. Las pocas voces lúcidas que se alzan ahora (recomiendo vivamente el libro Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina; un andaluz respetable y muy serio, tan serio que la Andalucía oficial no le quiere) hablan a toro pasado, y pocas saben a ciencia cierta qué hacer. Qué ambiente parecido a la crisis del XVII o al desastre de Cuba, cuando todos los grillos salieron a llorar y a gritar por lo que ellos mismos habían producido  He salido obligado de mi país y solo así he podido ver desde la distancia lo que hemos hecho con él. Un desierto político, económico y cultural, pero sobre todo, moral. Mi único empeño debe ser sacar a mis hijos de él.

Francia es un lugar tan bueno como cualquier otro para conseguirlo. Sosa, algo amodorrada y a la vez estresada, con sus problemas de vieja sociedad europea, perezosa y manirrota. Pero preciosa, culta, educada, mejor organizada, con recursos. Vamos a surfear sus olas, aprovechar la oportunidad que la vida nos ha dado para crecer, madurar y realizar los sueños. Aunque sea duro y nos cueste muchas lágrimas de distancia. Aunque al principio no sepamos cómo se llama lo qué comemos ni qué diablos dicen en las películas; aunque al principio la escuela, la casa, el trabajo se nos vengan encima; aunque al principio echemos de menos a tanta gente que va a envejecer sin nosotros a su lado, a tantos amigos que ahora podríamos apoyar con un abrazo.

En fin, llego al final. Muchos lectores (incluso algunos desconocidos) me hacen saber que no deje de escribir en este “español en el país de los quesos”. Me siento halagado: al fin y al cabo, escribir (lo que sea) es sacar cosas de dentro para que los demás las conozcan, con el objetivo de deleitar y ser elogiado. Un narcisismo psicótico, ya lo sé. Modestia aparte (una de mis grandes virtudes pero también mi vieja carcelera), parece que he conseguido despertar el interés de unos cuantos. Gracias, Juan Luis, por incitarme a lanzarme en esta aventura de exhibicionismo emocional en la red. Y gracias a los lectores. Por leer, por entenderme, y sobre todo por esperarme. Muchas ventanas se han abierto dentro de mí, y este blog me ha permitido evitar que se vayan cerrando.

Así que no sé bajo qué formato, pero seguiré. El nudismo engancha.

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Reloj de arena

Las muchas cosas que me quedan por contar se van amontonando y se atascan en un embudo de tiempo que ellas mismas han creado. Como los últimos granos de un reloj de arena, los acontecimientos se han ido acelerando justo antes de llegar al final, al momento en el que este blog no pueda seguir llamándose por su nombre. El español en el país de los quesos no llevará ya la maleta a rastras, sino que (casi) toda una familia tendrá la ocasión de crear su propio repertorio de experiencias.

En todos estos días de ausencia, de un solo golpe, el reloj ha girado sobre sí mismo: el vacío absoluto, la casa sin esencia, cuyo único contenido era yo, en una especie de “happenning” privado algo cómico, el hombre solo entre las paredes blancas; ese vacío, un día, se convirtió en un desfile de operarios, camiones, furgonetas y cajas que llegaron, como del más allá, del otro lado del agujero negro, del que era nuestro mundo, llenando el espacio, el tiempo, nuestro esfuerzo y nuestras mentes. Desbordados por las cajas que volaban, la rapidez con la que las desembaló una cuadrilla de rumanos que hablaban un francés incomprensible, no podíamos asimilar cómo veinticinco años de nuestras vidas volaban sobre nuestras cabezas y se instalaban en una orgía desordenada, en las diferentes estancias de la casa. Del vacío a la locura en doce horas. La lucha inenarrable que vino a continuación no tiene más misterio que la titánica dedicación que una mudanza conlleva. Mudanza. Cambio. El osito de peluche de mi hijo mayor está en París. Y no ha venido de visita. Ese ha sido para mí el más revelador de los muchos signos que pudimos vivir en esos largos días, agotadores, en los que el mundo doméstico que yo había abandonado vino para quedarse. En una nueva forma, con una nueva disposición, claro: pero ya estoy en mi casa.

Por el camino, al mismo tiempo, o casi inmediatamente después, los primeros episodios de parisinos despistados: un fontanero loco, una cocina inundada, el mismo fontanero que vuelve para entenderse con mi mujer y conmigo a través de mil llamadas telefónicas; el primer recorrido por París, en solitario, al volante de nuestro coche. El primer extravío en carretera debido a los habituales cierres por las alevosas obras nocturnas de las autopistas y los túneles (al salir de uno de ellos, tuve la sensación de encontrarme en la Selva Negra). Las copas de vino en una terraza a la moda en el Sena con antiguos compañeros de trabajo franceses. El descubrimiento de los “Bobos” (bourgeois bohèmes = burgueses bohemios) Las pizzas en moto francesas, los camareros cursis hasta lo hipócrita y que sin embargo te dejan una sensación de servicio excelente. La ola de calor y las habitaciones abuhardilladas como hornos. El robo de mi bicicleta (quince días me ha durado) en la estación de tren. La cara de imbécil que se te pone. Las obras en la línea de cercanías que me hacen sudar al ir y al volver de trabajar como creí que no era posible. Las masas humanas (en invierno con sus abrigos; ahora de corto; siempre transpirando) trasegándose por los ándenes.

Las cenas en la terraza con un buen vino blanco y ¡por fin! queso francés. Las miradas profundas y necesarias con mi socia durante nuestros altibajos. Los vecinos que hablan inglés en voz baja, los gatos que visitan el jardín por las noches, con los que la perrita se va a divertir. La televisión que solo yo (y no totalmente) entiendo, y que ha convertido a ese aparato en una especie de ser extraño. Las noches durmiendo en colchones en el suelo porque el somier no pasó por la escalera. La vida que se va instalando con suavidad en este verano francés que finalmente está resultando estupendo. La memoria de las fotos de nuestras vidas que se va depositando, poco a poco, sobre los estantes, llenando de verdad la casa que no era de nadie y ahora es nuestra.

La cabellera de mi chica que duerme dándome la espalda y que es -por fin me doy cuenta- la de la muchacha de los cabellos de lino. Al principio quería saber cómo sería Francia, y Francia es ella, como lo serán nuestros hijos, nuestra perrita. Francia seremos nosotros, porque la viviremos juntos.

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Del Sena al Bósforo

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¿Se puede comer un país? Yo creo que sí. Al menos esa es la sensación que he tenido hoy al almorzar un plato de kebab en un restaurante de Estambul. El pan impregnado en aceite de oliva en mis manos, contenía una de las esencias, si no de Turquía, al menos de su zona mediterránea. Saboreando algo tan familiar me he comunicado, comulgado, con una cultura que es también la mía: la de la comida en la calle, la gente ruidosa, la familia impetuosa pero protectora. Ese mundo viejo y machacado por la solanera y arrullado por el mar que compartimos los españoles con italianos, griegos, portugueses y claro, turcos. ¿Es el fruto del olivo el que nos hace a todos por igual caóticos, alegres y violentos, bulliciosos, extrovertidos pero desconfiados? Así me lo parece cuando veo estas calles llenas de motos, donde la gente conduce del revés con una mano en el claxon y la otra en el teléfono móvil, donde los viejos se sientan a la sombra de los parques, toman té en las peluquerías y la gente camina ajena a la urbanidad, navegando entre los cascotes de las obras y los taxistas suicidas. Un sabor a la España de los setenta que deja regustos de machismo, varones dominantes y desmanes urbanísticos, que se entremezcla picante con la mayor tasa de uso de móviles de Europa, el amor salvaje y violento al equipo de fútbol, un consumo en expansión y una vida nocturna desenfrenada en pleno Ramadán.

La otra esencia de Turquía es el yogur. Ese invento de los nómadas de las estepas que conquistaron en su día la mitad del mundo. Su sabor almizclado recuerda la agresividad de estos jinetes que aún parecen querer dominar la Tierra y renacen de sus cenizas después de cien años de humillación a manos de la vieja Europa. No hay cordialidad en el servicio, como si todo turco quisiera ser un Khan y atender la mesa fuera una humillación; su educación es correcta y austera. Los rostros anchos, adustos y asiáticos de los turcomanos conviven con los de los rubios descendientes de esclavos europeos que servían al sultán, los griegos que estaban aquí antes que nadie y los más arabizados provenientes del sur. Una mezcla única y especial, totalmente diferente al falso melting pot postcolonial que tenemos más al oeste.

Después de salir de la primera reunión, y con la jornada libre hasta la cena, he paseado hasta el hotel bajo el sol sofocante, luchando contra la fuerte brisa del mar, los socavones y los atascos. Un sagaz (y pobre) limpiabotas me ha lustrado los zapatos, creo que por primera vez en mi vida, en un lance curioso que me ha costado diez euros pero que ha permitido conversar por un momento con el tercer mundo, a medio camino entre la lástima y la sensación de ser timado; ambas actitudes equivocadas y fruto de mis prejuicios de rico. Me he sentado a comer en una brasserie turca rodeado de jóvenes ejecutivos totalmente occidentalizados (les molesta enormemente que les llame nuestra atención, pero es así) que conversan con optimismo evidente en ese idioma incomprensible traído de las llanuras de Asia central y que es la barrera que nos impide a los latinos identificarnos totalmente con ellos.

He huido, tras el almuerzo, de las calles ruidosas y atestadas, de los palacios desmesurados y de las delicadas mezquitas imperiales, del calor monstruoso de los tubos de escape. Por el contrario he optado por bajar la comida paseando un poco por las cuestas más arriba del hotel. Como en todas las ciudades emergentes, el lujo convive con barrios populares y he caminado por callejas llenas de pequeños establecimientos y comercios familiares, con sus dueños en la calle barriendo, conversando, preguntando qué pasará hoy en la plaza Taksim. Los niños en bicicleta desafían a los conductores que suben las calles en zigzag y a la orografía imposible para sus piernecitas. El sol aprieta tanto que los gatos no se apartan a mi paso, tendidos a la sombra como orgullosos leoncitos otomanos. Paso por tiendas de móviles reciclados, electricistas, fruterías y bares donde algunos machos turcos juegan al ajedrez en la acera.

Recuerdo entonces al huevero, al panadero y al lechero de mi barrio; la bodega que olía a vino y la tienda de ultramarinos; los partidos de fútbol en la plaza con los maletines (no mochilas) como porterías. Las motocicletas trucadas rodando a toda velocidad en mi pueblo de Málaga, los gritos de las porteras y la rudeza de los campesinos andaluces, sin ganas de hablar de tanto trabajar y de tanto sol, que hablaban castellano con acento berebere. Y entiendo que, aunque mis hábitos burgueses y mi amor a la comodidad no me dejarían vivir en este caos delicioso y desmesurado más de quince días, me subyugan estos turcos profundamente mediterráneos, con los que comparto mi cultura, y a los que me une mi origen. Los vikingos también llegaron aquí, pero fueron asimilados. En Croissy-sur-Seine, los nórdicos definitivamente ganaron la partida. Por eso comen mantequilla, y aquí aún queda camino por recorrer.

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Robinson en los meandros del Sena

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Escribo estas líneas desde un precioso jardín sembrado de laureles, prunos y demás árboles ornamentales, rematado por unos columpios con los que, francamente, no sé qué hacer. Seguramente caerán víctimas del vandalismo familiar. Es mi casa. Es cierto que el interior está vacío, pero el exterior es, admitámoslo, muy bonito. Aunque me echo a temblar cuando pienso que todas esas hojas que ahora se mecen al viento caerán dentro de tres meses y 1) me gastaré una pasta en jardineros o 2) me deslomaré barriendo.

Una vez dejado atrás este último fin de semana en el desierto (37º en Madrid), tan ardiente como emotivo, me reincorporo a mi nueva vida, ya no en calidad de habitante de un distrito de negocios (La Defense, en el término municipal de Courbevoie, lo que me hacía un courbevoisien -que suena como vecino de la curva-), sino como habitante de Croissy-sur-Seine. O sea, como Coria del Río pero en burgués. Ahora en vez de alcobendenses vamos a ser Croissillons. Una mezcla entre croissant y reloj de pared. Lo único remarcable de la historia del lugar (sí, he perdido el tiempo en wikipedia ) es que aquí, una vez, llegaron los vikingos, que se enfrentaron a los croisillones… con todo éxito. Mis nuevos antecesores fueron colgados de sus casas o crucificados en los árboles. Cielos. Creo que los campesinos alcobendenses del medievo tuvieron un poco más de suerte. Por lo menos wikipedia no dice nada.

Es en esta villa tranquila, reposada y desde luego burguesa, en la que vamos a vivir los próximos años. No hay ningún edificio de más de tres plantas, y ahora que impera el buen tiempo las calles parecen de juguete. Las tiendas de la única calle comercial son una monada, y el carnicero comparte acera con el florista, la agencia del banco y la boulangerie. En cualquier momento va a salir Fernandel con un delantal, barriendo su trozo de calle y gritando “bonjour” a sus paisanos croisillones (es que parece un insulto: croisillón; croisillonazo) que pasan con una baguette bajo el brazo. No he podido comprobar los precios pero deben ser proporcionales al encanto de los establecimientos. Bueno, y qué más da. En cualquier caso el ambiente me resulta vagamente anacrónico, y si no fuera por el Carrefour que está enfrente de casa, la ciudad parece haberse detenido en los años cuarenta. Solo faltan los oficiales alemanes piropeando a las chicas y rompiendo los cristales del comercio del bueno de Fernandel.

Tristemente, el concepto español de bar no existe en este país. Entiéndase como bar un lugar donde además de pisar cáscaras de mejillones sobre una alfombra de servilletas, se puede uno tomar una ración de un algo con una cerveza. Qué les voy a explicar. La grima que me da pisar cáscaras está más que compensada. Hasta lo echo de menos. El caso es que aquí puedes beber (sentado por supuesto) pero si quieres comer es posible que te planten una ensalada de jamón de pato como entrante del menú formule que tendrás que tomarte entero. Nada de “unas croquetas para compartir”. Lástima. En los viajes en Navidades y verano ya nos tomaremos el desquite. En cualquier caso los paisanos se aprietan en sus mesas minúsculas en torno a cervezas, vasos de vino o cócteles incomprensibles que los españoles nunca hemos comprendido: cassis, pastis…. Para colmo en numerosas ocasiones la cerveza no está fría, o el refresco no tiene hielo. Y en ocasiones, ni siquiera lo tienen: “de la glace…”

Si bien mi casa está vacía, como ya he reportado debidamente a los lectores, sí he tenido la previsión de comprar una bicicleta que Decathlon sirvió gentilmente a domicilio. Siendo el medio de locomoción individual más rápido a mi alcance (seis meses viviendo sin coche y aún no he muerto), en él me desplazo hasta la estación del tren por las mañanas, provisto de mi enorme candado. Cuál es mi sorpresa al ver, a mi regreso, que la bicicleta y su sillín siguen ahí, intactos. Por lo tanto voy a seguir desafiando a las estadísticas de seguridad, que parecen mejores que las españolas. En caso de siniestro prometo informar. La bicicleta me ha permitido ya visitar los meandros del Sena. Una pista recorre esa ancha y enorme curva del río, para deleite de burgueses como yo, familias con perro, otros ciclistas, corredores de fondo y domingueros de cierto nivel. Al otro lado mansiones y otras localidades que tienen (para mí) ese encanto de lo desconocido, de lo que está ahí para ser descubierto. El país de los impresionistas me espera. Pero eso, otro día…

Así, he pasado de las torres de cristal y las urgencias de las masas al bucolismo de la vida retirada. Los centros comerciales han dado paso a los paseos en bicicleta y los gritos de los estudiantes, a los juegos de los innumerables niños de la urbanización. Distingo el habla de los extranjeros de standing (ya no son vikingos sino emigrantes de lujo como yo) en el Carrefour, y el sol se pone lentamente sobre mi jardín. No obstante, todavía no estoy a gusto. En cierto sentido llegué a hacer algo parecido a un refugio íntimo a aquella pequeña habitación del apartotel, aunque fuera un lugar no exento de una lánguida sordidez. Esta casa es demasiado grande todavía. Mis pasos retumban en el salón y solo me acompaña el ruido de los plásticos que aún no he retirado del suelo, en previsión de la mudanza. Mañana los objetos que acompañaron nuestras vidas durante los últimos once años, entran en un agujero negro. Reaparecerán al otro lado del Sena, y harán de esta casa nuevamente un hogar, portando con ellos sus olores y sus recuerdos, y con ellos nuevamente la vida en este mundo más allá de los bares.

Pero aún quedan unos días para algún post más…

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Volando voy…

El último golpe de esta rutina desquiciante que hemos vivido estos seis meses acaba de concluir. Mis últimas 48 horas en Madrid como visitante y residente, padre y desplazado, vecino de Alcobendas y de París, han transcurrido llenas de emociones y de muchas “últimas veces”: último paseo por el parque de siempre con la perrita, última cena, última partida de pádel, último golpe a la puerta de mi casa para quién sabe cuándo volver a abrirla, último viaje al aeropuerto con la maleta a rastras… Demasiadas cosas, demasiadas experiencias que se amontonan. Muchos adioses. Y sin embargo no es eso lo que quiero contar hoy.

Ha querido la suerte que en mi último viaje París Madrid un anticiclón se haya instalado sobre Francia y me haya permitido, por primera vez en todos estos meses, contemplar todo el extenso territorio que une mis dos mundos desde el aire. Siempre pido ventanilla cuando facturo, y sin embargo la noche y las nubes me negaron, en todos los viajes, divisar la verde Francia desde las alturas. En esta ocasión, sin ipad, sin libro, sin sueño, con el aire despejado, no me queda otra que pasar el vuelo mirando.

La Francia atlántica se extiende ante mi vista de principio a fin: dejo París atrás y veo ríos sinuosos cruzados por puentes; bosques espesos que ceden paso progresivamente a tierras cultivadas y a minifundios. Intento localizar en la revista de Air France dónde podría estar pero no lo consigo. Es buen momento para poner en mis auriculares la lista de canciones que yo llamo “de mi vida”: los momentos musicales que me han acompañado de forma especial en uno u otro instante con fuerza, nostalgia, o diversión: oigo a Serrat, a Silvio, los Beatles, tangos y a muchos más que han sabido decirme algo y he podido y querido traer conmigo. Abajo, los pueblecitos de la bella Francia, ricos y egoístas, que comen mantequilla y votan al Frente Nacional porque no quieren perder su forma de vida, que no entienden su declive y que tienen, con razón, mucho miedo.

La llanura verde se pierde en la inmensidad; los campos cultivados son hermosos, productivos. Parece que en este día claro, por fin, cuando algo se va a cerrar y un proceso nuevo va a empezar, Francia me diera la bienvenida. Siento que mis problemas ya no son de allí sino de aquí. ¿Y quizás eso sea la patria, o al menos tu casa?

Atravieso la Francia central extendida suavemente hacia el horizonte, salpicada de parcelitas y tachones boscosos, de pueblitos; la Francia que no se seca y que llegará empapada de verde hasta la frontera. A mi lado una joven que viaja a Buenos Aires hojea sin muchas ganas una guía turística, y yo siento que me muero por volver allí. ¿Para cuándo? Un río se desparrama, ancho y achocolatado embocando su final, que no puedo ver desde este lado del avíon: es el Garona y debemos estar en Burdeos. Veo al fondo los Pirineos, todavía una masa azulada; luego unos picachos con nieve, valles escondidos de color esmeralda. Las cumbres se vierten a uno y otro lado. Las montañas no son de nadie, no quieren tener país; deshabitadas, solo son de ellas mismas.

Más valles, caseríos, algún río… y el desierto de Aragón. La España seca, torturada y retorcida, que guarda el agua de sus montañas en embalses, muerta de sed y de polvo, abrasada por el calor. El Ebro es un oasis que recuerda al Nilo, sellado entre llanuras escarificadas, por un paisaje que ya no es llano sino cicatrizado. Entiendo que aquí hubiera una guerra civil. El sol a plomo, el viento a cuchillo y la tierra marchita no han sido buenos padres. Bastante hemos hecho. La estepa nunca nos regalo nada excepto hambre y pasiones.

Vuelvo a ver sobre las montañas manchones verdes, bosques de encinas achaparradas, árboles pobres que buscan el agua en lo más hondo y que son, sin embargo, el árbol de mi alma española. Empieza el descenso y yo no quiero mirar más, pero sigo haciéndolo y me hieren las tierras rojas y baldías, los pedregales abrasados; veo las torres eólicas que tan caras hemos pagado, los embalses del Tajo, este año a rebosar, como esponjas para nuestra sed en medio del desierto. Una calima espesa empieza a enturbiar el aire, oprimiendo a Castilla bajo un cielo incendiado. Olivos; a lo lejos rascacielos. Llego a Madrid devastado por la canícula. Mi ciudad. El lugar de mi historia.

Me esperan mi chica; mis hijos; mi familia y mis despedidas. Mis últimas 48 horas. El viaje de vuelta ya no será igual.

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Viaje a los espacios vacíos

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Ayer me di cuenta de un curioso fenómeno: cuantos más días paso en París, peores son las condiciones físicas de mi alojamiento. Al mismo tiempo mayor es mi serenidad (cualidad -quién iba a decirlo- que me han alabado esta mañana). Una especie de viaje en el espacio-tiempo tendente al minimalismo. Debe ser el bosón de Higgs.

En efecto, cuando llegué hace ya tantos eones aquí, me alojé durante dos meses y medio en aquel hotel de plástico que tenía amplitud y me resultaba confortable. Recuerden: el masajista con cara de intelectual, los baños de espuma… El desayuno, una especie de “hágalo usted mismo” y la cena un surtido de preparados de microondas. Rácano pero acogedor.

Con la maleta a rastras, emprendí una segunda etapa en un apartotel/residencia de paredes ramplonas y mucho más pequeño. Mesilla y lámpara de noche años 70, mesa de comedor / despacho, cortinas horrorosas y mueble con tele que nunca enciendo porque no se ve nada de interés. Terraza que da a un patio donde se hablan a gritos los estudiantes en las noches de buen tiempo, y que nadie ha limpiado en eras. Un lugar impersonal y triste, eso sí, muy cerca del tren, La Defense y las comunicaciones con el centro.

Mañana me mudo a la que será nuestra casa. Un lugar estupendo en una zona chic, con el supermercado enfrente y un jardincito delicioso que (mierda) tendré que cuidar. Pero la casa está vacía: los muebles no llegan hasta dentro de veinte días. Necesariamente mi estancia en el apartotel llega a su fin, y hemos tenido que solucionar este pequeño problema con una compra de emergencia en el IKEA: una mesa, una silla, una mesita de noche y un colchón. No sirven somiers a domicilio (pero sí lavavajillas; ignoro la metafísica que sin duda se esconde tras esta política comercial), de modo que dormiré en el suelo. Como cuando tenía veinte años y nos tirábamos a dormir en cualquier lado en las fiestas del pueblo de mi amigo Pepe, con veintiocho años más. De Madrid me traigo la colcha y las sábanas. Y en los próximos días haré una compra de las que me gustan: perchas, tenedores, bombillas, vasos, escobas y estropajos. Una especie de cartuja en un barrio de lujo. Los plásticos de los pintores todavía están colocados para que la mudanza pueda hacer su trabajo sin ensuciar demasiado.

En fin. El olor de la pintura fresca, el blanco de las paredes, el eco de mis pasos resonando por el salón vacío, la nevera desproporcionada para los cuatro yogures y tres platos de comida preparada que albergará… Sin duda va a ser una nueva experiencia. El siguiente paso sería vivir en un lavabo o mudarme a un garaje, reduciendo mis necesidades vitales al mínimo. Pero no será así: llegarán los muebles, y en una especie de salto cuántico, de la nada casi absoluta pasaremos a los contornos reconocibles de los muebles, la textura familiar del sofá, los libros acumulados en todos estos años, las fotos entrañables y la cama que solo he dormido los fines de semana desde enero. Quiero dejar de ser extranjero en mi casa de Madrid y sentirme a gusto en mi casa extranjera. Hacerla mía, nuestra, vivirla, sustituir sus olores por los nuestros, dejar que la perra la recorra de arriba a abajo, cocinar en ella, oír la guitarra de Nacho y acoger a los abuelos cuando vengan. Sí, bueno, vale, y a todo el que quiera venir…

Quedarán atrás siete visitas solitarias al cine (Week end royal, No, Perfect Mothers, Stoker, Oblivion, After Earth, Man of Steel), los paseos sin compañía por el centro comercial, los parques, las avenidas. La torre Eiffel solo para mí (eso no es entonces la torre Eiffel) Los malotes y los freakies de la explanada de La Defense. El dedo mágico de mi padre. Las compras de platos precocinados y los pequeños y raros homenajes de comida para llevar de el japonés de abajo. Las mil y una gestiones en el banco, la compañía de la luz y la de teléfonos. El lavado a mano y el tendido de la ropa de deporte en la ducha. Las cuatro almohadas apiladas en la pared para poder leer por la noche. Introducir las claves de internet todos los día para hablar con el mundo (a231 – LMYzuike; a231 – LMY zuike; a231 – LMY zuike – LMY zuike; no lo olvidaré en mi vida; sí, qué carajo; lo olvidaré enseguida).

Esta austeridad, esta vida simple y adusta, me ha dado sin embargo muchas cosas: felicitarme por un día con sol, disfrutar de muchas cosas pequeñas pero bellas (las únicas que he tenido a mi alcance: los parques, las calles, la explanada de la Defense, escribir, observar, sentirme vivo…) Las experimento con el cansancio mental y físico, sí, de quien quiere normalizar su situación, pero también con la consciencia de gozarlas. Ese es uno de mis tesoros. El otro es haber superado nuestra separación forzosa con una nota muy alta y saberme querido como no me he sentido nunca.

Así que gracias a quien sea. Seguiremos informando.

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